FFGR Japan · Japón
Hiroshima
Peace Memorial & Itsukushima
El Gran Relato
Hiroshima sostiene dos verdades a la vez: una historia que cambió el mundo y un presente de notable elegancia. La ciudad se reconstruyó en torno a sus ríos y jardines, y hoy el Parque Memorial de la Paz no se alza como una herida, sino como un juramento, visitado por presidentes, laureados y miembros de la realeza que vienen a comprender, no simplemente a observar. Al otro lado de la bahía se encuentra Miyajima, la isla donde se dice que habitan los dioses, con su gran torii emergiendo del mar como lo hace desde el siglo XII. Pocos destinos exigen tanto al visitante, y pocos devuelven tanta serenidad a cambio. Se viaja aquí para recobrar el aplomo.
El Shinkansen Nozomi une Tokio con Hiroshima en poco menos de cuatro horas —se recomienda el Green Car—, con sus chóferes atendiendo ambos extremos: uno escoltándole por Tokyo Station, otro aguardando en las puertas de Hiroshima junto al Alphard Executive Lounge. Los huéspedes que viajan desde Kioto u Osaka acortan considerablemente el trayecto en tren; por carretera, la Sanyō Expressway conduce el Mercedes Clase S hacia el oeste a lo largo del Mar Interior. Para Miyajima, su chófer le lleva hasta Miyajimaguchi y le acompaña al ferry, o dispone una embarcación privada para cruzar el estrecho. Los horarios se calculan según las tablas de mareas, pues el torii merece encontrarse con la mar alta. Nada se deja al azar.
En Miyajima, Iwasō recibe huéspedes en su valle de arces desde 1854; una velada allí, cuando los visitantes del día han zarpado de regreso y los ciervos vagan por callejuelas iluminadas con farolillos, figura entre los privilegios más silenciosos de Japón. Contemple el santuario de Itsukushima con marea alta, cuando sus pabellones parecen flotar, y de nuevo con la bajamar, caminando sobre la arena hasta el gran torii. En la propia Hiroshima, conceda al Museo Memorial de la Paz una mañana sin prisa, y almuerce después las ostras de temporada, el regalo particular de la bahía de octubre a marzo. En noviembre, los arces de Momijidani arden en carmesí por toda la isla. Uno se marcha más sereno de lo que llegó, que es precisamente la cuestión.
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